Como actividad complementaria a los cursos para mujeres que dicta el Centro EME –Espacio para Mujeres Emprendedoras-, se dictó un taller de “Autoestima y desarrollo personal”, al cual tuvieron la oportunidad de asistir las alumnas de los distintos cursos.
Las chicas llegaron con una vaga idea de lo que iba a suceder pero con muchas expectativas. Mientras esperaban que comenzara, nos comentaban que tenían la esperanza de que las ayude a elevar el autoestima, a aprender a expresarse, a buscar su camino una vez finalizados los cursos a los que asisten semanalmente.
Fue un espacio donde pudieron conocerse a sí mismas, comparar su experiencia con otras mujeres que viven, sienten y piensan de modo similar y, de esta forma, compartir los logros y fracasos, apoyándose mutuamente. Realizaron diversas actividades individuales y grupales, al principio con un poco de vergüenza pero finalmente se abrieron completamente ante el resto. Constantemente se escuchaban risas respetuosas que dejaban ver que realmente disfrutaban cada momento.
Durante la segunda jornada, la Dra. Andrea Anselmo realizó una charla sobre violencia familiar y como acabar con ella. La violencia no se expresa sólo físicamente, también puede ser psicológica. Las personas agredidas pueden ser niños, ancianos, mujeres y también hombres. “La agresión no viene después de la unión, viene antes. La persona violenta puede mostrar una careta sólo por un tiempo corto y si no es asistida por una terapia responsable: no se cura” contaba a las mujeres presentes la abogada.
Muchas veces existe violencia en nuestro entorno y no la podemos percibir por que la tenemos naturalizada; “mi marido me trata de esta forma hace 15 años, entonces ya creo que es normal” dice a modo de ejemplo Andrea Anselmo, pero en realidad no debe ser normal: todas las personas tienen derecho a ser tratada con respeto, a ser libres, poder elegir que hacer, como y cuando (siempre que no perjudiquemos a los que nos rodean).
La doctora nos contaba que el hombre violento es una persona muy inteligente: primero comete sus actos de agresión (recordemos que aunque sea verbal, es igual de dolorosa para la persona violentada) y luego se arrepiente y pide perdón hasta que convence a la victima que no volverá a pasar nunca más. Pero desgraciadamente vuelve a ocurrir.
Una vez que es detectada la situación de violencia hay que tomar mucho valor para poder denunciarlo y realizar todos los procedimientos debidos para ponerle fin a esta forma de vida insana, que nadie merece padecer. A veces la persona que sufre violencia tiene miedo a denunciar su agresor por que quizás depende económicamente de él, pero existen leyes que protegen a los afectados y no los deja en la calle; en el caso de una mujer, ni a ella ni a sus hijos.
Finalmente, la abogada Anselmo ofreció a las mujeres una dirección y un teléfono al que se puede recurrir en el caso de vivir esta situación o a donde pueden recomendar acercarse a personas que pasen por lo mismo. Para denunciar este tipo de casos o solicitar información pueden comunicarse al teléfono 0800-888-9898 (anónimo y gratuito). Para realizar denuncias personales o para recibir ayuda psicológica dirigirse a Alvear 150 de 8 a 20 hs.
Muchas veces estamos tan agobiados con todo lo que tenemos que hacer que no paramos ni 5 minutos a pensar en nosotros mismos; no pensamos en la situación que nos encontramos, ni en como nos gustaría que sea nuestro futuro, o si nos sentimos bien o no, por qué, y como revertir la situación. Por eso es que se realizó este taller, para que las mujeres asistentes a los distintos cursos no se queden sólo con conocimientos teóricos y prácticos, sino que puedan ver hacia adentro suyo y descubrir que es lo que quieren y pueden realizar con lo que aprendan, en este curso y en cualquier otro que realicé en el futuro. Además es muy importante estar bien uno mismo, para poder proyectar ese bienestar en el resto de nuestras actividades cotidianas.
En palabras de una alumna: “Intercambiamos opiniones, vimos que hay otras personas que están en la misma situación que uno. Que los niños, que el marido, que no hay tiempo para esto. Las escusas: mañana empiezo…y el hecho que te incentiven a poder dejar de lado todo eso, y realmente poder llegar a lo que querés, a tu objetivo”.
Carmen María y Maika son dos chicas españolas que vinieron de intercambio a Córdoba para continuar con sus estudios universitarios. A pesar que se encuentran bastante ocupadas con sus carreras en la facultad decidieron trabajar como voluntarias de la fundación en el Centro EME.
Cualquier persona que viene de intercambio preferiría viajar y conocer los distintos rincones de nuestro país, pero ellas prefirieron involucrarse mas con nuestra sociedad, aprender colaborando con otros. “Esto nos sirve para comparar como hacen las cosas allí y aquí. Aprendemos tanto como las chicas que participan” Comentaba Carmen María sobre su experiencia en Inclusión Social.
Ambas quedaron asombradas por la fuerza de voluntad que tienen las personas acá. Muchas veces no es nada fácil poder hacer lo que a uno le gusta o le hace bien. “Hay que estar aquí para valorar” decían.
Finalmente nos contaban que estaban muy agradecidas por como es la gente con ellas. Sincerándose finalizaron: “Conocimos mucha gente que nos abrió las puertas de su casa de par en par ¿viste esas cosas que te quedan en el corazón y no te vas a olvidar en la vida?”
Si nuestra cultura vive en una crisis de valores, el camino no es la instrucción, sino la educación.
Por Carlos Palacio Laje.
Abogado
Mucha gente está perdida, como sin rumbo. Desencantada. Y lo más extraño es que, aun así, viven apurados y dicen no tener tiempo. Otras personas viven vacías, incluso haciendo lo que no quieren. Consumiendo información pero sin poder discernir. Sin criterio. Sin ver que los demás son otra versión de uno mismo. Dedicados al puro parloteo, exteriorizado o mental. Viven con miedo y desconfianza; con pánico al silencio. Rotulando. Imponiéndose las pautas sociales, siendo y haciendo lo que los demás esperan, sin saber quiénes son. Autómatas.
Parece enarbolarse una vida light, ligera, liviana, de cumplimiento pero sin compromiso. Ni con uno ni con nadie, ni con nada. Se imponen valores relativos, en los que la libertad implica sólo hacer lo que uno quiere. Y lo peor es que creemos que hacemos lo que queremos.
Puede que sea consecuencia de haber confundido educación con instrucción. De haber engordado nuestra rigidez. O del apogeo de la incoherencia: pensar y sentir lo que no se hace, cuando, como se ha afirmado, “enseñamos lo que sabemos, pero contagiamos lo que vivimos” (Roberto Pérez).
En nuestra perspectiva, estos parecen ser síntomas de una cultura enferma. Se ha dicho que la cultura es el sostén de la vida de un pueblo. Una cultura sana supone el ser cualitativo de un pueblo.
¿Cuándo una cultura está enferma? Cuando el tiempo no alcanza sin saber adónde vamos. Cuando siempre nos falta algo o miramos sólo lo que no tenemos. Cuando nos volvemos adictos, y no sólo al alcohol y a las drogas, sino también al trabajo, a los hijos, al placer, a la diversión, y lo hacemos para que sentir vacío en el interior. Nos coartamos la libertad y vivimos pendientes del exterior, buscando afuera lo que, en realidad, está dentro de cada uno.
Una cultura está enferma cuando la cantidad se prioriza sobre la calidad. En los pueblos antiguos, cuando la cantidad estuvo en función de la calidad hubo apogeo. Si fue al revés, hubo decadencia.
Una cultura está enferma cuando se hace culto a la apariencia, cuando lo importante es el envase y el contenido pasa a segundo plano. Cuando se privilegian el pertenecer, el poseer y el poder. Cuando la resignación hace su apogeo. Sobresalen altos índices de corrupción y pobres políticas para revertirlos y casi nulas respuestas judiciales. Una cultura enferma tiene en esencia una arraigada crisis de valores.
Reconocernos como cultura enferma es un paso imprescindible en la cura. Luego comienza un lento trabajo colectivo de trasformación. De educarnos. Pero educarnos no es instruirnos, tal como se hace en los colegios o universidades. Educar, en el término que aquí usamos, es aprender “a discernir” sobre el buen uso de la libertad y de la vida, para que ese manejo nos lleve a la plenitud como personas. Educarnos es formar conciencia; tomar conciencia; tener conciencia. No es capacitarse.
Por tanto, si nuestra cultura vive en una crisis de valores, deberíamos reconocernos y comenzar a transformar esa realidad de manera colectiva, sabiendo que el camino no es la instrucción sino la educación.
Una primera idea que debería surgir de esa formación es que para sembrar valores, no debemos limitarnos a las normas. Las normas se cumplen. Y aquí no se trata de cumplir sino de “comprometerse” con uno mismo y con los demás. Las mayores utilidades que brinda la siembra de valores se dan a través de las actitudes de vida y no del cumplimiento. En otras palabras, de lo que se trata es de atraer por encantamiento y por ejemplaridad.
Educar en valores no es señalar la importancia de la vida, sino enseñar a tomar conciencia de la vida. Una educación en valores debería priorizar lo afectivo, capacitando en dar y recibir amor, rescatando lo esencial del agradecimiento, destacando lo esencial de las leyes espirituales, y lo imperioso que es mostrar afecto, sabiendo que la palabra bien empleada es fuente de creación de nuestras experiencias y puente de comunicación: te quiero, te necesito, ayudame en esto, necesito hablar con vos, perdón, tengo miedo, me equivoqué (sabiendo que en cada fracaso nace una oportunidad).
La honestidad y la honradez son valores. También lo es la salud, la fidelidad a uno mismo y a los demás; la generosidad, el desapego y la aceptación (que no es resignación); la confianza y la armonía; la tolerancia y el servicio.
Una sociedad que conoce la importancia de los valores, sabe que representan una tierra sólida y de afianzamiento para el progreso social, político y económico. De otra manera, sería como construir sobre terrenos mallinosos, en los que una simple tormenta abriría grietas, haciendo estragos. Y aunque puedan colocarse parches, aun las edificaciones que se muestren más sólidas se desmoronarán.
Necesitamos formadores de conciencia para que se aprenda a discernir y a distinguir lo accesorio de lo principal. A nutrir un espíritu crítico que se permita tener y revisar ideas y alimentar la reacción. Formadores para transformar este camino primitivo por el que transitamos.
Necesitamos crecer (ser) en valores.
Por Eugenio Gimeno Balaguer.
-Presidente de Acde Córdoba-
Si la educación es creación de riqueza, interesan habitantes educados y con su capital en estado productivo. Así, todos saldríamos beneficiados.
Como antiguo profesor de Matemáticas conozco que la diferencia entre un problema teórico y un problema práctico es muy clara. Un problema teórico se resuelve cuando conozco la solución; mientras que un problema práctico no se resuelve cuando conozco la solución, sino cuando la pongo en práctica, que suele ser lo difícil porque hay que vencer resistencias y obstáculos imprevisibles. La inteligencia tiene que resolver problemas prácticos y allí se advierte que la realidad es más compleja, porque las personas lo son, y se fracasa al no contemplar su reacción.
Las soluciones tienen que ver con las personas y con su pensamiento. El economista John Kenneth Galbraith afirmó: “La educación es lo primero. Nosotros los economistas hemos equivocado las prioridades. Pensábamos que podíamos comenzar con la inversión de capitales, pero tendríamos que haber comenzado con la inversión en educación”. Habría que espiritualizar la economía mediante la inteligencia.
La inteligencia es decidida, creadora y la clave es aprender a añadir valor cada día. De cada efector educativo, desde la familia a la escuela, desde la empresa a la universidad, la gente debería salir incorporando la necesidad de ampliar las propias posibilidades, de darse cuenta de que son y pueden ser protagonistas y de cada uno poder reflexionar luego de una acción: “Sin mí esto no habría existido”.
Crear es producir intencionadamente novedades eficientes, y todos podemos ser creativos; a veces nos lo tienen que decir, a veces nos tienen que crear las condiciones, a veces tienen que creer en nosotros.
La inteligencia individual se desarrolla siempre en un entorno social que favorece su desarrollo o lo bloquea. Hay ambientes inventógenos y otros rutinógenos; los primeros producen ideas creativas, los segundos son víctimas de la rutina.
Todos pueden ser creativos, pero no todos están dispuestos a soportar el esfuerzo que ello implica. Pero es del esfuerzo en esta dirección de donde pueden salir resultados mejores. La idea es no dejar que las personas se sientan bloqueadas por la creencia dominante de que no podrán cumplir sus deseos.
El enfoque que proponemos apunta a un proyecto educativo que mejore el modelo que el ciudadano común tiene de sí mismo, a despertar su potencial creativo y llevarlo a la acción compartida. Hoy por hoy tanto las personas como las organizaciones necesitan reinventarse a sí mismas… y urgente, no hay tiempo que perder.
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